jueves, 7 de julio de 2011

Derecho de autor, derecho humano

Búsquedas en el mundo editorial
L o r e n a   L e i v a   R o m á n *

“Día del libro y la lectura”, de Raúl Codocedo Rojas. Pintura en vivo realizado en ceremonia Día del Libro y la Lectura. Instituto del Mar, Iquique, Chile.

Si bien estudié literatura en la Universidad y la mayor parte de mi vida profesional ha estado ligada a esta formación, nunca comprendí el concepto de derecho de autor hasta que empecé a trabajar en el área de los derechos humanos (mi otra gran pasión). Esto sucedió al conocer la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), texto que para mí marca un antes y un después en la forma de relacionarnos como personas.
No voy profundizar en la DUDH porque viene del mundo del derecho por lo cual estoy absolutamente inhabilitada. Sin embargo, al ser un documento sobre los seres humanos, nos habla de lo que somos y también de lo que podemos ser. Y esto tiene que ver con el lenguaje. La DUDH, como su nombre lo dice, es un acto de habla declarativo acerca de la realidad, manifestando una intención de cambio. El hablante pretende que algo de su mundo se modifique. Es así que la DUDH por el solo hecho de enunciarla, su efecto es que el mundo ha cambiado. Aunque nos parezca dudoso y muchas veces un puro discurso de buen vecino,  ningún Estado podría reconocer que no respeta los derechos humanos. En muchas instancias podrán no respetarlos, pero nunca lo van a declarar como algo que se diga con naturalidad y sin esperar condena. Así que en tanto declaración, la DUDH ha cumplido su función.
Respecto de los derechos de autor, la DUDH define que:
“Artículo 27
1. Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.
2. Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.” 1 
Esto ha sido enfatizado por muchas legislaciones nacionales para salvaguardar esos derechos. En Chile, esto se encuentra regulado por la Ley de Propiedad Intelectual desde 1970, la cual recibió sus últimas modificaciones en el año 2010. De acuerdo a esta ley, por el sólo hecho de crear una obra, el creador chileno o el extranjero domiciliado en Chile, adquiere una serie de derechos, patrimoniales y morales, que resguardan el aprovechamiento, la paternidad y la integridad de la obra. La fecha de vigencia de estos derechos es hasta 70 años después de la muerte del autor de la obra.
Justamente cuando en el Congreso estaban discutiendo las últimas modificaciones a esta ley durante el 2009, conocí a quién luego sería mi socio y quién hasta ese momento, había estado amasando de manera intermitente un proyecto llamado Crisálida Ediciones, donde colaboraban, también de forma intermitente, algunos amigos suyos. De hecho, nunca había sido un proyecto demasiado serio. Por una parte había algo de querer escribir y publicar y por otra, un afán de probar formas de diseño y diagramación. Por supuesto, la producción siempre fue a baja escala, en donde se regalaban la mayor parte de los libros y revistas que producían. Yo que venía del mundo literario más formal, pude distinguir cierto valor en varios textos pero a su vez, también me di cuenta que había que profesionalizar el asunto y demoler algunos prejuicios y caer en algunos riesgos, si realmente se quería hacer este proyecto en serio. 
Esa fue la búsqueda que empezamos a fines del 2009 estableciendo que Crisálida Ediciones sería una editorial sin mayores pretensiones, hecha a pulso, de a poco, a costa de nuestro esfuerzo. Al poco tiempo, buscando la forma de expresar la visión y la misión de nuestro proyecto, indicamos que Crisálida Ediciones sería una microeditorial, pues tanto por nuestro tamaño como por el presupuesto que teníamos, solo podía ser así a costa de un enorme esfuerzo, de dar horas extras fuera de nuestros trabajos y de invertir en los autores en los que creyéramos. Y aunque nos demoráramos en publicar, aunque nuestros tirajes fueran exiguos, nos poníamos la meta de que en un plazo de tres años, armaríamos un pequeño catálogo, según cómo pudiéramos conseguir financia-miento. 
Pero también vino el cuestiona-miento de quiénes éramos nosotros en ese universo tan diverso y dispar llamado “mundo editorial”. Éramos una microedi-torial. De eso no había duda, pero conforme fuimos conociendo el medio, llegó la hora de las definiciones más exhaustivas y desde ese páramo, siempre tan fragmentario como particular desde el cual uno desarrolla un discurso, nos hicimos varias preguntas, entre ellas la de ¿porqué si los derechos de autor son de los autores, en los créditos de los libros publicados se dice casi sin excepción: “Todos los derechos reservados” con el nombre de la editorial X y no el con el nombre del autor? La respuesta venía a medias a través de la Ley de propiedad intelectual que dice que los derechos de autor se pagan con un 10% del costo de producción de la obra, como mínimo. Y como mínimo, la mayoría de las editoriales solo pagan eso.
Digamos que las únicas editoriales que conservan los derechos de autor para los autores son las editoriales que hacen autoediciones, pues su negocio es cobrarle al autor por publicar. Muchas de ellas son imprentas que imprimen por demanda y a donde muchos autores llevan sus manuscritos y previo pago de 300, 400 o 500 mil pesos, se llevan su libro impreso, gran sueño de la mayoría de los que se dicen escritores y en cuyo proceso hay nada o casi nada de trabajo editorial. Lo que importa es que el libro se imprima y que el autor quede contento con el resultado. La inscripción en el Registro de propiedad intelectual la hace el propio interesado y se acaba el problema.
Claro que esta alternativa no tiene nada de malo, pues existen editoriales que se dedican a la autoedición de manera seria y sus producciones tienen una buena factura gráfica y de diseño, pagada por el autor. Pero son algunas. La mayoría prestan un servicio a los escritores y cumplen con el sueño “de la publicación”. Y esto no significa mirar en menos este proceso pues la mayoría de nuestros grandes autores, publicaron sus primeros libros a través de este sistema. Actualmente, muchas editoriales que se dedican a la autoedición tienen presencia en Internet y les puedes enviar tus manuscritos y ellos te hacen un presupuesto, te proponen formatos de diseño y te envían los libros impresos, cobrando un monto por todo eso. Bueno, esto no era Crisálida Ediciones. Definitivamente nuestra visión era que nuestra microeditorial financia la obra y los autores no tendrían que sacar dinero de sus bolsillos para publicar. Por cierto, si ellos quieren hacerlo, bienvenido sea, pero pensamos que si ocupamos el modelo de la autoedición, en donde lo que importa es tener un grupo de autores, pero no necesariamente que las obras sean conocidas entre la gente, se desperfilaba lo que Crisálida Ediciones era para nosotros.
Lo que rescatamos era que los derechos de autor fueran de los autores. Esto se convirtió en un principio. Pero desde nuestro humilde punto de vista, nuestra premisa indicaba  que aunque existiera el respaldo legal para defender los derechos de autor, en realidad, mucha de la maquinaria pensada para esto lo que en realidad hace, es defender la potestad de quiénes tienen esos derechos y por eso, muchas editoriales que siguen el modelo, lo que hacen es comprar los derechos y ser ellas las depositarias de ellos. No hay concurso literario organizado por grandes grupos editoriales que no diga que los ganadores recibirán un premio de muchos dólares a cuenta de sus derechos de autor. También muchas pagan un adelanto considerable por las ventas de la obra, pero solo si eres un autor muy connotado puedes negociar un porcentaje satisfactorio en esta negociación. Y si es con una editorial que normalmente pertenece a un consorcio internacional, ese acuerdo se realiza no en torno a la cantidad de ejemplares sino al área lingüística que tu obra puede abarcar. Es decir, un autor muy reconocido, negocia un porcentaje de ventas en relación a la cantidad de lenguas a las que va a ser traducida su obra. Esto ha permitido el surgimiento de los agentes literarios, esa especie de manager que negocia a nombre del autor y recibe un porcentaje por esta gestión. De esta forma, para ser parte de esta élite, primero hay que tener un agente que convenza a estas grandes editoriales para que seas parte de su catálogo y segundo, lo que es más grave, el “mercado” de los autores se vuelve muy similar al de los futbolistas: un autor “estrella” es exigido por varias editoriales, o se quitan los autores en la medida que una u otra le ofrece más beneficios por sus derechos de autor. En este sentido, las grandes editoriales casi no “apuestan” por autores nuevos. La mayoría de ellas, tratan de tener entre sus autores los que son venta segura o los que eran exitosos en editoriales más pequeñas. Y si por otro lado se les vuelve complicada la pista, compran las editoriales más pequeñas y así siguen creciendo los consorcios y grupos editoriales vinculados a grandes holding de las comunicaciones y quizás a cuántos negocios más.
Considerando ese panorama es que han surgido editoriales que reniegan de ese carácter mercantilista de las editoriales grandes. Normalmente, ellas se definen como independientes y son pequeñas y medianas empresas que publican un catálogo más diverso y alternativo. Muchas de ellas, caen en manos de las grandes a la hora del juego de las acciones en la bolsa. Otras se mantienen a costa de un gran esfuerzo por ser independientes y dar cabida a nuevos autores o a temas que no son tan comerciales. Sin embargo, ellas también compran los derechos de autor pagando el 10% del costo de producción. Algunas veces, se hacen contratos en donde la primera edición de un libro o la primera impresión son de total ganancia para el autor, pero las siguientes ediciones son para la editorial o en otras, se paga más porcentaje por los derechos de autor, pero los libros resultan bastante más caros para el público. Son editoriales medianas y ciertamente, hay que agradecer que existan porque dan oportunidad a autores desconocidos o se abren a temas distintos. Pero de que en muchos aspectos ejercen el mismo modelo que las grandes, eso también es cierto.
Así que ser microeditorial, sin duda, es un aliciente sobre todo si para el Bicentenario, Bernardo Subercaseaux decía que uno de los aspectos más interesantes de la última década: “es el surgimiento de numerosas microeditoriales alternativas de gestión independiente […]” 2. En este sentido, somos una microeditorial similar a muchas de las que existen: “Todo este grupo de microeditoriales son contraculturales, libertarias o cuando menos progresistas, y dan lugar a una bibliodiversidad (concepto que apunta a la diversidad de sensibilidades y saberes expresados en el soporte libro), pero a una bibliodiversidad alternativa, que no tiene presencia ni visibilidad en el mercado, pero que representa una contribución y una vía de expresividad creativa, social y política [...]” 3. Pero en esta bibliodiversidad, no sabemos qué políticas tienen las microeditoriales respecto de los derechos de autor. Suponemos que no debe ser el mismo modelo imperante entre las grandes pero es un tema tabú: no aparece expresado en los canales públicos de difusión tales como web, blogs y redes sociales.
También en esta búsqueda llegamos al convencimiento de que debíamos hacer  una presentación de Crisálida Ediciones. Y pensamos que para hacerla sería oportuno una lectura de poesía, pero no como las lecturas tradicionales que se hacen en los lanzamientos de libros, sino algo que fuera diferente. Fue así como nació el concepto del “Combo de Poetas”: una lectura poética, pero con formato de boxeo en donde los autores compitieran por ser el más aplaudido. Nuestra idea era que los autores se la jugaran por presentar sus textos de manera atractiva. Los que se entusiasmaron fueron nuestros amigos poetas, César Luco, Hugo Collinao y Cristhian Téllez. Y en esto hay que agregar que estaba mi inquietud de que para completar el cuadro, debía haber un elemento provocador que podría ser una persona curtida en estas lides y si era mujer, mejor. Fue así que invité a mi ex compañera  Alejandra del Río, poetisa reconocida y alguien que cuando leía, lo hacía con  pasión y entrega. Y la Ale aceptó gustosa porque la idea le pareció muy estimulante. Había vivido 10 años en Alemania y allá se hacían este tipo de lecturas competitivas con espectáculos masivos. Allá un poeta que se precie de tal, tiene que al menos, recitar de memoria y ponerle algo de intensidad al ya intenso oficio de poeta. Así que se formó un cuarteto de poetas entusiastas y comprometidos, dispuestos a representar su papel en un escenario ambientado como ring de boxeo, en una fría noche de mayo, en la plazuela de la Posada del Corregidor y después de una noche con dos finales muy polémicos, algunos contrincantes supuestamente enojados/as (en un perfecto papel de boxeador/a ofendido/a por la derrota) y un público que venía arrancando de las protestas en contra de Hidroaysén o que no llegó simplemente, porque el guanaco los desvió del camino, nuestro primer evento de presentación fue todo un éxito con 70 personas entre el público, en donde había mucha gente que de otra manera, jamás se habrían acercado a una lectura de poesía.
Los días posteriores han traído varias contradicciones a raíz del “Combo”. Mucha gente se comunicó para felicitarnos por lo novedoso del evento y otros, que no pudieron ir, nos dijeron que sentían no haber estado ahí. Otros nos escribieron diciendo qué hay que hacer para publicar con nosotros porque muchas microeditoriales con las que se han comunicado, ni siquiera les responden. Muchas otras personas nos dejan sus blogs para que “le demos un vistazo”. Otras nos dicen que cómo lo hacen para cooperar en nuestro blog. En fin, muchas preguntas, no obstante, cuando respondemos cuáles son nuestras condiciones, que se resumen a que nos dejen hacer una lectura crítica y hacer las correcciones correspondientes, previo acuerdo con ellos como autores, ya no nos escriben más como si el pecado fuera hacer nuestro trabajo editorial. En otros casos cuando les decimos que estamos empezando a publicar y que por ahora no tenemos recursos, se decepcionan y nos dejan entrever que seguimos la misma onda de los demás (¿?). Otro nos dicen que en otras “editoriales” no intervienen sus textos. Es decir, muchas preguntas que cuando se responden indicando el sentido de nuestra propuesta, se transforman en recriminaciones. Así que viene la reflexión de qué es peor para la gente que quiere publicar: que te digan que los derechos de autor son tuyos pero ganan dinero por el cobro de publicar tu obra, o que te compren los derechos con el pago de solo un 10%, sin pagar porcentaje de venta (o muy poco), o que te digan que para publicar hay que revisar y mejorar el texto y que por el momento, hay que esperar porque no te vamos a cobrar por publicarlo pero tenemos que conseguir los recursos y que además, los derechos siguen siendo tuyos.
En otro frente, decidimos presentar en nuestro blog y en las redes sociales que adoptamos la licencia Creative Commons para todos los contenidos del blog y que esto significa que se pueden citar, mencionando el origen, sin darles un uso comercial y que no se podían usar para nuevas creaciones sin la autorización expresa de nuestros autores y/o nuestra microeditorial. Lo que nos parece interesante de esta licencia es que deja en manos de los autores lo que ellos quieran hacer con su obra, por tanto, nos parece más cercano a lo que debería ser una verdadera defensa de los derechos de autor. Algunos nos han felicitado o agradecido por el dato, pero todavía no hemos encontrado microeditoriales que en su sitio declaren al menos, tener licencia Creative Commons. Tal vez hay desconocimiento, tal vez existan muchas que lo dicen en otros medios o a través de otros formatos, pero si no está en sus portales, no podemos saberlo. En fin, puede haber muchas razones, pero lo que vemos es que Internet pone un nuevo desafío al concepto de derecho de autor y que al menos en los espacios públicos de  muchas editoriales, no se dice expresamente qué piensan de este tema. Asimismo, por otro lado, hemos querido unirnos a redes de otras microeditoriales, pero no ha sido posible. Una adujo que no nos aceptaban en su red porque éramos una editorial y ellos eran una red de “escritores y artistas sin fines de lucro”. Respondimos que dicha red dice que tiene una editorial, por tanto si ese era el argumento para rechazarnos, ellos tampoco podrían pertenecer. No tuvimos más respuestas (¿?).
Esta ha sido nuestra búsqueda que en verdad, recién está comenzando. El problema que estamos percibiendo es que con Internet, las personas deben proteger sus derechos de autor. Y esto no es estar en contra de quienes quieren tener acceso libre a las obras. Lo que creemos es que muchos por hacer el papel de puente entre el público y la obra, se benefician más que los propios autores y por eso, nos gustaría ver más declaraciones en los sitios de las editoriales o que al menos, den una señal clara. De este modo, lo que realmente nos gustaría es que el artículo 27 de la DUDH se viva plenamente y que todas las personas tengan el derecho a disfrutar de las obras y que los autores puedan recibir los beneficios que les corresponden por hacer ese aporte a la comunidad. ¿Es mucho pedir?


* Lorena Leiva es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, Universidad de Chile. Docente, autora, editora. Forma parte del equipo de Crisálida Ediciones.
1 Organización de Naciones Unidas: Declaración Universal de los Derechos Humanos, http://www.un.org/es/documents/udhr/
2 Subercaseaux, Bernardo: “Bicentenario: paisaje cultural y editorial” En: http://www.congresodelalengua.cl/programacion/seccion_iii/subercaseaux_bernardo.htm
3 Idem, op.cit


 

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